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Memorias de una silla

Mi historia como silla de madera comenzó en el taller de un carpintero, allá en los años 50. ¡Qué tiempos aquellos en los que el barniz era barniz y te hacían las manos callosas de un buen artesano! Ya no hay sillas como nosotras.

La mayor parte de mi juventud la pasé en la casa de Don Mariano Bruñido y Doña Crescencia Engreído. ¡Menos mal que mis patas por aquel entonces eran jóvenes! ¡Qué sacudidas! ¡Qué caídas! Y lo peor, ¡qué de rayajos se llevaron mis pobres betas!

El pequeño Bartolito Bruñido Engreído pensaba que yo era mil cosas: un caballo, el palo mayor de un barco, la cima de una montaña, un puente levadizo… ¡Qué vergüenza, yo apoyado en el respaldo y patas arriba! Serví de cualquier cosa menos para sentarse.

A pesar de apellidarse Bruñido, preferían madera fresca en lugar de conservar la que tenían. Así que, cuando empecé a desencolarme y perder mi brillante barniz, me regalaron a su pobre cocinera, la señora Angustias. Esos años en su casa, sí fueron dulces. Me llevó a su cocina donde descansaba su gran trasero y la espalda en mí, mientras pelaba patatas o judías (la única guarnición que podía permitirse su familia) y veíamos algún concurso en la televisión en blanco y negro que había comprado a plazos. Aunque pesaba un poco, no me importaba: fui testigo de muchas risas y me trataban con cuidado porque era necesaria. Mi relación con la cocinera y su familia terminó una tarde de invierno. Parece que fue ayer y no hace cuarenta años. ¡Cómo pasa el tiempo!

No hace falta decir que mi estructura, tras las travesuras del “queridísimo Bartolito”, se vieron perjudicadas. Así que una de esas veces en las que la buena señora Angustias puso sus posaderas en mí, una de mis patas se quebró. De repente, quien estaba patas para arriba no era yo. En semejante posición y muerta de risa, la encontró su marido que, al verla, no sabía si reírse también o asustarse. Lo mejor fue que, además de que la mujer solo se llevó unos cuantos moratones, una vez que estuvo en una posición menos ridícula, me entregaron a su amigo Pericles el Mañoso. Pudieron tirarme o convertirme en astillas, pero no. No se enfadaron y me llevaron con un buen hombre que, tras ponerme una prótesis de madera noble me encomendó durante veinte años la tarea de aguantar los abrigos de todos los que llegaban a su casa.

Transcurridos esos años y ya pasada de moda (todo hay que decirlo porque una ya tiene una edad), me dejaron aquí, en el desván, donde vivo junto con otros amigos y otras amigas de maderas distintas. Nadie nos molesta y nos echamos unas risas muy a menudo contándonos nuestras cosas. Estamos muy satisfechos de las grandes vidas que hemos vivido y de poder compartirlas.