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Barco de vela

Una noche de enero, un barco de vela entró en el puerto de la ciudad de Amberes. El último en desembarcar fue un hombre joven que tiritaba de frío y arrastraba un gran saco. Como no tenía dinero ni un lugar donde ir, comenzó a llamar a muchas puertas con la esperanza de que alguna persona caritativa le diera cobijo. Pasó un buen rato deambulando de un lado a otro y recibiendo muchos desplantes, hasta que, por fin, una anciana le invitó a entrar en su hogar. La buena mujer le prestó ropa limpia, le sirvió comida caliente, y le preparó una cama junto a la chimenea para que entrara en calor.

A la mañana siguiente, como muestra de agradecimiento, el desconocido quiso regalarle lo único que poseía: el contenido de la pesada bolsa.

– Señora, gracias por su generosidad. Tome, esto es para usted.

La mujer miró en el interior y se quedó francamente sorprendida.

– No entiendo… ¿Qué son estas semillas marrones?

Él respondió:

– Son semillas de cacao, y si usted quiere yo le enseñaré a preparar con ellas el mejor chocolate del mundo. Le aseguro que nunca ha probado nada tan delicioso.

A la anciana le pareció un detalle muy bonito.

– Se lo agradezco de corazón, pero yo ya no tengo edad para hacer esfuerzos.

– ¡Oh, lo siento!

– Bueno, no se preocupe porque se me ocurre una idea. Verá, mi querida y única hija es pastelera, así que ella estará encantada de aceptarlas y aprender a fabricar ese rico chocolate del que me habla. Acompáñeme y se la presentaré.

El desconocido y la anciana fueron en busca de la muchacha quien, efectivamente, recibió el regalo con mucha ilusión.

– Mil gracias, caballero. ¡Jamás había visto unas semillas de cacao tan fabulosas! Será un placer para mí recibir lecciones de un experto chocolatero; a cambio, espero que acepte un puesto de trabajo en mi humilde obrador. Si lo desea, puedo mostrarle todo lo que sé sobre cómo preparar dulces de hojaldre y tartaletas de manzana.

Un trabajo era lo que el joven viajero más necesitaba. ¡Aceptó el empleo sin dudarlo ni un segundo!

– ¡Será un honor para mí, señorita!

A partir de ese día la pastelera aprendió a fabricar deliciosos bombones de chocolate y el muchacho a elaborar exquisitos pasteles. Con el tiempo, la pequeña confitería de Amberes se convirtió en la mejor y más famosa de toda Bélgica.