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Existen muchos libros, cómics, películas y series de televisión sobre la épica vida de Alejandro Magno. Sus fantásticas conquistas despertaron admiración en la Antigüedad y siguen resultando fascinantes en pleno siglo XXI.

Su fama es bien merecida, pero también es justo decir que lo que sabemos de él es una mezcla de realidad y ficción. Esto se debe a que, a lo largo de los siglos, muchos escritores e historiadores fueron adornando su biografía con toques de fantasía, con una única intención: agrandar todavía más su leyenda.

 

¿Quién fue Alejandro Magno?

Alejandro III fue un rey del antiguo Reino de Macedonia que vivió en el siglo IV a.C.

Por su grandeza se convirtió en uno de los personajes más importantes de la historia y recibió el apodo de Magno, es decir, ‘el grande’.

 

La educación de Alejandro

Alejandro nació príncipe, ya que era hijo del rey Filipo II de Macedonia y Olimpia de Epiro. Vino al mundo en Pela (Grecia) en el año 356 a.C.

Fue un niño privilegiado que recibió la mejor educación que te puedas imaginar. Sus padres querían que llegara a ser un gran gobernante y un magnífico militar, así que se volcaron en su formación. Alejandro estudió política, literatura, ética, arte, medicina, educación física de alto rendimiento y otras muchas disciplinas.

Para que te hagas una idea del nivel, uno de los mayores intelectuales de todos los tiempos, el famoso filósofo y científico Aristóteles, fue su tutor.

 

¿Cómo era el joven Alejandro?

Los intensos años de formación hicieron de Alejandro un príncipe valiente, atractivo, carismático y muy culto. Ahora bien, los escritos también aseguran que, tras ese muchacho hermoso de exquisitos modales, se escondía un guerrero fuerte e implacable que a la hora de luchar sacaba a relucir su lado más salvaje y violento.

 

El reino de Macedonia

El reino de Macedonia estaba situado al norte de Grecia. Se trataba de un país pequeño pero fértil en el que, salvo unas pocas familias ricachonas, la mayoría de la población vivía en el campo y se ganaba la vida con la agricultura y la ganadería. Además, la región contaba con abundantes minas, sobre todo de oro y plata.

Los macedonios se llevaban bastante bien con sus vecinos griegos que, como ves, estaban al sur. Entre ellos había mucha actividad comercial. Uno de los productos que los macedonios más les vendían era la madera de sus magníficos bosques.

Una curiosidad:

La relación era tan estrecha que, a partir del siglo V a. C., los griegos permitieron a los macedonios participar en sus Juegos Olímpicos.

El mismísimo rey Filipo II se animó a competir en varias pruebas y resultó vencedor en las carreras de caballos (año 356 a. C.). Alejandro compitió en los Juegos siendo adolescente, pero según se cuenta, una vez se convirtió en rey afirmó que a partir de ese momento solo se enfrentaría a personas de su categoría, es decir, a otros reyes. Como no hubo ninguno, jamás volvió a inscribirse.

¡Un poquito engreído sí que era! ¿No crees?

 

Filipo II, rey de Macedonia

Filipo II, padre de Alejandro Magno, comenzó a reinar en el 356 a. C. Se trataba de un hombre astuto que sabía que si quería defender su reino de invasores necesitaba un ejército poderoso y profesional.

Para conseguirlo hizo un montón de reformas en las fuerzas armadas: organizó las tropas, mejoró los entrenamientos de los militares, modernizó el armamento de combate, cambió las tácticas de guerra…

Puso tanto empeño que logró crear un ejército grande y especializado con el que pudo mantener sus dominios y ampliar las fronteras de su reino hasta llegar a dominar toda Grecia.

 

¿Con qué se encontró Alejandro cuando subió al trono?

En el año 336 a. C. Filipo II fue asesinado y Alejandro se convirtió en el nuevo rey de Macedonia. ¡Tan solo tenía 20 años!

Alejandro III heredó un gran reino y quiso superar las gestas de su padre. Filipo había dejado un fantástico ejército, pero Alejandro lo mejoró todavía más y diseñó nuevas tácticas de combate, tan brillantes que resultaron infalibles.

Movido por su ambición y deseos de gloria, el valiente rey Alejandro se puso al mando de sus bravos soldados y organizó importantes campañas militares en tierras lejanas.

Su padre había logrado conquistar Grecia. Ahora le tocaba a él cumplir su propio sueño: crear un enorme imperio y difundir la cultura griega por todos los territorios conquistados.

Allá por donde fue, demostró un genio militar insuperable. Sus épicas victorias le convirtieron en un rey legendario.

  

Las grandes conquistas de Alejandro Magno

 Alejandro Magno se convirtió en dueño y señor de un enorme imperio.

Alucinante, ¿verdad? Por supuesto, no conquistó todo de golpe. Fue poco a poco ocupando las zonas que le interesaban. ¡Vamos a verlo!

Asia Menor

Alejandro tenía las ideas muy claras y pensaba a lo grande, así que se lanzó a la conquista del Imperio persa.

Para llevar a cabo su plan sabía que debía enfrentarse a las tropas del rey Darío III, pero a él le daba igual. Ni corto ni perezoso reunió a su ejército y se fue hacia Asia Menor (así se llama la península donde hoy se encuentra Turquía).

Lógicamente, la cosa no iba a ser coser y cantar. Tras cruzar el estrecho de Dardanelos se produjo su primer gran enfrentamiento contra los persas en la batalla del Gránico (334 a. C.).

Alejandro obtuvo una aplastante victoria que le produjo un subidón de autoestima y le dio seguridad para seguir avanzando por la costa. A su paso, conquistó ciudades como Éfeso, Mileto o Halicarnaso.

Siria

Alejandro, al frente de sus tropas, llegó a la frontera de Siria y se encontró con una desagradable sorpresa: el rey Darío en persona, flanqueado por su inmenso ejército, le estaba esperando para impedirle el paso.

¿Qué sucedió cuando se encontraron esos dos grandes reyes y sus gigantescos ejércitos? No hace falta ser muy perspicaz para deducir que se produjo otro terrible enfrentamiento armado: la llamada batalla de Issos (333 a. C.).

Una vez más, Alejandro volvió a vencer y Darío III salió huyendo despavorido.

Gracias a este triunfo, Alejandro y su ejército entraron en Siria. Seguidamente, recorrieron la costa mediterránea (actuales Líbano e Israel), apoderándose de las ciudades más importantes como Tiro, la capital, y Gaza.

 

Egipto

Sus ansias de poder eran insaciables. Si había llegado hasta allí, ¿por qué no intentar llegar hasta Egipto?

En ese tiempo, el país del Nilo estaba dominado por los persas y los pobres egipcios estaban más que hartos de ellos. Por esa razón, cuando Alejandro apareció por allí, fue recibido como un auténtico libertador.

Seguro que el rey macedonio tuvo que pellizcarse varias veces el brazo para comprobar que no estaba soñando. Por primera vez no tenía que recurrir a las armas, no tenía que asediar ciudades… ¡le estaban sirviendo el poder en bandeja!

Encantado de la vida tomó el poder, fundó la famosísima ciudad de Alejandría y fue proclamado primer faraón de la Dinastía Macedónica (332 a. C.) en Menfis.

Mesopotamia

Alejandro podía haberse conformado con todo lo conquistado, con ser rey de Macedonia, con ser faraón de Egipto… pero eso no iba con él. Sus heroicas victorias le animaban a seguir ampliando su imperio.

Tras asegurar su poder en Egipto, se dirigió a Mesopotamia (actual Irak) y centro del imperio persa.

El rey Darío III, que también era terco como una mula, decidió esperarle rodeado de un enorme ejército. Por nada del mundo pensaba rendirse y entregar sus territorios.

Alejandro y Darío, cada uno al mando de miles de hombres armados, se enfrentaron en la famosísima batalla de Gaugamela (331 c. C), a orillas del río Tigris.

¿Crees que esta vez el rey Darío consiguió imponerse al rey Alejandro?… La respuesta es no. A pesar de que el ejército de Darío era más numeroso y contaba con armamento muy sofisticado, Alejandro demostró una asombrosa capacidad de estrategia, una habilidad militar muy superior que le llevó al triunfo.

El rey macedonio tomó las míticas ciudades de Susa, Persépolis y Babilonia, donde hizo una entrada triunfal.

La batalla de Gaugamela fue importantísima porque marcó el final del Imperio persa.

 

La India

Tras esta hazaña se dirigió al norte de la India, donde derrotó al rey Poros en la batalla del Hidaspes (326 a. C.).

Fue la última gran contienda que libró Alejandro porque los soldados de su ejército se sublevaron contra él. Estaban agotados de tanto guerrear y se negaron a continuar.

Sin el apoyo de sus hombres, el invencible Alejandro tuvo que renunciar a seguir con los planes de atravesar la India. Aunque no le apetecía nada, se vio obligado a abandonar su aventura y volver a Babilonia.

 

Muerte de Alejandro

Al poco tiempo de su regreso, Alejandro cayó gravemente enfermo. Algunos aseguran que fue envenenado, otros que tuvo alguna enfermedad como la malaria, e incluso hay quien dice que se debió a vieja herida mal curada. El hecho es que estuvo afectado de altísimas fiebres que le llevaron a la muerte.

Alejandro Magno falleció en junio del año 323 a. C. a la edad de 33 años, en su fastuoso palacio de Babilonia.

Abandonó este mundo habiendo cumplido su sueño de juventud: ser el dueño de un impresionante imperio.

 

¿Qué legado dejó Alejandro Magno?

Alejandro Magno fue el mayor conquistador de la Antigüedad. Jamás perdió una batalla.

Además de rey y espléndido militar, es muy importante destacar que Alejandro fue una figura clave en la historia por el esfuerzo que hizo por expandir la cultura griega a lo largo y ancho de sus territorios.

Para ello, fundó ciudades, creó nuevas rutas comerciales, impuso el griego como lengua común, avivó el comercio dentro de su imperio… La cultura y el arte griegos también se extendieron y se fusionaron con el arte oriental.

Todo esto dio origen a una nueva e importantísima etapa de la Edad Antigua que duró tres siglos (desde la muerte de Alejandro Magno en 323 a.C. hasta el año 30 a. C.). Una etapa que sin él no habría existido: el período helenístico.

 

¡Ahí va un dato!

A lo largo de su vida, Alejandro Magno se casó con tres mujeres y tuvo dos hijos: Heracles y Alejandro.

 

La hermosa leyenda de Bucéfalo

El gran Alejandro tuvo un gran amigo durante treinta años: su magnífico caballo Bucéfalo.

Sobre Bucéfalo existen varias leyendas. La más conocida cuenta que lo compró el rey Filipo cuando su hijo Alejandro era pequeño.

Por lo visto, el caballo era indomable y no se dejaba montar por nadie. Un día Alejandro, que era muy sagaz, se dio cuenta del motivo: el animal vivía con temor porque se asustaba de su propia sombra. Como solución para poder subirse a él, tiró de las riendas, giró a Bucéfalo y lo puso cara al sol para que, cegado por su fulgor, no pudiera ver la sombra de su cuerpo.

Así fue cómo el príncipe consiguió sentarse sobre la montura tranquilamente y dejando a todo el mundo asombrado. Según cuenta la historia su padre, lleno de orgullo, exclamó:

“Hijo, búscate un reino que sea igual a tu grandeza porque Macedonia es pequeña para ti”

No sabemos si esta preciosa historia pura fantasía, pero lo que sí es cierto es que Alejandro y Bucéfalo fueron inseparables. El caballo acompañó a Alejandro toda la vida y se convirtió en un animal casi tan legendario como su famoso dueño.

Bucéfalo falleció con 30 años durante la estancia de Alejandro en la India, poco después de la batalla del Hidaspes. A su muerte, Alejandro fundó una ciudad en honor a su amado y valeroso compañero. La llamó Alejandría Bucéfala.

 

¿Sabías que…?

A Alejandro Magno le fascinaba fundar ciudades y, curiosamente, muchas fueron bautizadas con el nombre de Alejandría por él mismo o en su honor.

La más famosa es Alejandría de Egipto, pues fue el mayor centro cultural del mundo antiguo. Allí se encontraba la archiconocida biblioteca de Alejandría, gran fuente del saber y la más grande del mundo antiguo.